Capítulo 5

Este capítulo va sobre mi viaje a Austria en tren nocturno.

El verano de 2013 decidí viajar de Madrid a Barcelona en tren nocturno y me prometí a mí misma que nunca más. Pero la cosa cambió hace dos fines de semana cuando viajé a Austria para visitar a una amiga.

La ciudad de destino era Graz y las horas de los aviones y el precio de estos no me gustaban demasiado. Así que la opción que quedaba era ir en tren y como eran 9 horas la mejor inversión era dedicarlas durmiendo. Así que tren nocturno que tocaba.

Deseé y deseé que no fuera un tren con cabinas. Pero todos los nocturnos tienen cabinas o camas (y me negaba a dormir en una de esas camas que sabe quién ha dormido antes ahí). Pero parecía haber olvidado lo poco (nada) que dormí en la primera y última experiencia en un tren nocturno.

Llegué a la estación de tren con muchas ganas del viaje, de estar ya en Austria, de ver a mi amiga y de disfrutar de tres días allí de turiesteo y fiesta con ella.

Encuentro mi vagón, monto en el tren, busco mi asiento y un chico que ronda mi edad está sentado en mi asiento. Pero antes de que yo me dé cuenta me dice en inglés: “¿es tu asiento verdad?”. Yo le respondo que así es, pero que si quiere sentarse frente a su amigo a mi no me importa sentarme en su asiento. (La cabina era de seis personas, tres y tres asientos enfrentados).

El me responde que no ha reservado asiento, y me cede el sitio cambiándose a mi lado. Al momento llegan otros dos chicos que saludan a mis actuales compañeros de cabina y se unen a nosotros. Tras terminar de montar las maletas, llega el último ocupante del vagón. Otro chico también amigo del resto. Estoy contenta de que estos sean mis compañeros de cabina. Parecen simpáticos y hablan en inglés. Yo mientras permanezco un poco ajena a todo ello, informando de la situación a mis amigas en Whatsapp.

El tren arranca y se acabó el wifi. Así que toca empezar la conversación con los pasajeros del vagón. “¿Os conocéis todos? ¿Sois amigos?” les pregunto. Y me responden que sí, que son compañeros de universidad, máster o piso. “Ah, ¡genial! Y.. si no es mucho preguntar ¿puedo saber porqué viajáis a Austria?”. Todos son austriacos menos el chico que se sienta a mi lado. El que estaba sentado al principio en mi asiento. Él es italiano, y por eso hablan con él en inglés. Es compañero de piso del chico que tengo en frente y va a pasar el fin de semana en casa de éste aprovechando que en la montaña todavía hay nieve para esquiar.

Empezamos así a hablar de diferentes temas pero me entero de que se bajarán dentro de dos horas. Porque viven en los primeros pueblos que hacen frontera con Suiza.

Pasadas estas dos horas se baja el primero, el que me parecía el más divertido de todos. Dos paradas después se bajarán todos.

Nos despedimos, me desean buen viaje y yo cierro los ojos con idea de dormir. Pero a los minutos llega a mi cabina un señor que ronda los cuarenta y medio. Se sienta frente a mi y me pregunta algo en alemán. Yo le respondo que no hablo alemán, así que me repite la pregunta en inglés. Quiere saber si me importa encender la luz de la cabina hasta que el tren vuelva a arrancar. Le gustaría leer el periódico. Le digo que sin problema y, cuando me dispongo a ponerme los cascos para tratar de conciliar sueño con música clásica, me pregunta de dónde soy.

Yo le respondo que de España. Y el me cuenta que tiene un sobrino de 16 años que este año está estudiando y viviendo con una familia en Barcelona para aprender español. A lo que yo le digo que mi hermano también tiene dieciséis años y está haciendo lo mismo pero en Dublín. Me acuerdo de él y sonrío. Y mi nuevo acompañante de cabina retoma la conversación con una nueva pregunta: “Where are you going to?”.  “To Graz”, respondo.

Él me dice entusiasmado que también va a Graz. Mañana es el último día del festival de cine y tiene un sobrino que dirige una de las películas presentadas y quiere ir a verle, darle la enhorabuena y celebrar los premios y la fiesta final con él.

Yo le digo que sé de la existencia del festival porque mi amiga me habló de que quizás iríamos a la fiesta. Pero acto seguido me entra la “paranoia” de que quizás esté hablando mucho con este desconocido que no sé realmente quién es. A veces soy muy cercana y confiada con los extraños y eso no es bueno -pienso. Quizás me está mintiendo, quién sabe… (muy Agatha Christie, lo sé pero la realidad supera la ficción). Así que le digo que voy a intentar dormir, pero que puede dejar la luz encendida, no me molesta.

El tren arranca de nuevo. Y mi compañero de vagón me dice que va a bajar los asientos para dormir tumbado. Tras ello se tumba en el asiento de mi lado y me dice que si quiero que también baje los míos. A lo que pienso “¡¿Qué!? no, no voy a dormir a tu lado”, aunque respondo con un “no, no I am fine, thank you”. (Quizás sueno un poco pedante, pero la idea de dormir al lado de un desconocido en un tren no me hacía gracia).

Entre cabezadas consigo dormir algo. Y mi compañero de cabina se baja en Innsbruck, tras lo que pienso: “¿ves? era mentira que fuera a Graz”. Cierro los ojos de nuevo, pero a los minutos llegan dos chicas de unos 26-28 y otro chico que ronda los mismos años. Dejan las maletas y se sientan mientras me preguntan algo en austriaco. Yo les respondo que no sé alemán y, cuando una de las chicas me pregunta mi nombre, entra otro hombre en la cabina. Éste de unos treinta y pocos. (Las edades quizás me las esté inventado porque no soy muy buena calculando edades, pero vosotros os lo creéis que para eso cuento yo la historia 😉 )

Nos presentamos todos y la chica que se sienta frente a mí saca una botella de champán y copas de plástico. Es el cumpleaños de su amiga desde hace una hora, nos dice (porque es la 01:00 pm) y hay que celebrarlo. Yo se lo agradezco y les digo que no quiero champán. — Este es el momento de la historia en el que me etiquetan como la aburrida/aguafiestas, que además no habla austriaco o alemán. —

Les pregunto que si van también a Graz y cada uno me responde el destino al que va. Acto seguido el hombre de los treinta y pocos me pregunta que de qué parte de España soy, que él conoce Madrid, Granada y Barcelona. Yo le respondo que soy de Sevilla. Y me dice que no ha estado pero que le han dicho que es muy bonita. (Y como otros muchos de por aquí que han oído hablar de la ciudad o visto fotos me afirma medio preguntado “it’s so romantic, right?”. A lo que respondo algo así como: “yes, well, I dont know because I am used to but yes, it’s so beautiful”.)

El me dice que viene de viaje de pasar unos días en Andorra y que había pasado unas horas en Barcelona y que hoy llovía. Hablamos un poco más y él se une a la conversación austriaca. Yo cojo algunas palabras sueltas y creo que voy deduciendo cosas por el contexto y las expresiones de cara y manos. Pero lo mejor será dormir, ya van por la segunda botella de champán y realmente no me apetece seguir interpretando caras.

La historia concluye aquí. Finalmente pude dormir algo, aunque más de corrido de 06:00 a 07:00, cuando me quedé sola en la cabina de tren. En la estación me esperaba mi amiga con un bollo de chocolate como desayuno de bienvenida. En el bus de la estación me encontré de nuevo con mi segundo acompañante de cabina (el hombre del sobrino director de cine). Y ahí me contradije al ver que sí era verdad que iba a Graz (y esa misma noche también me lo encontraría en la fiesta de clausura del festival).

Y lo que saco de todo esto es que los viajes en tren nocturno les deben encantar a los escritores en busca de inspiración. Películas como Antes del amanecer (aunque a mí la que me gusta es Antes del atardecer) o The tourist, seguro que surgieron tras un viaje del director en un tren nocturno o de larga distancia.

Y por último lo que tengo que decir de la clausura del festival del cine es que los asistentes querían ser tan hipsters que la tendencia no era solo gafapasta, jerseys anchos, vans, etc, sino que al ponerte el sello de entrada te daban tapones para los oídos para que no te molestara el volumen de la música tecno. Queda todo dicho, o quizás no.

Hasta la próxima.

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